Apuntes para una economía política de la música I

En su sentido original oikonomia significa administración de la casa. Implicaba decisiones y disposiciones referidas al orden funcional del oikos. En ese orden los afectos ocupan un lugar central y la potencia de la música respecto a ellos es conocida desde antiguo. Por eso la música ha sido desde hace milenios una cuestión de orden público y creo que se podría hablar de una economía política de la música.
En la tradición china, la música es una herencia imperial. El emperador Fou-Mi (4477-4380 a.d.C), primero de los cinco emperadores míticos de la antigua China, estableció los principios de la música. En esa época sólo el emperador tenía derecho a crear la música que, siendo una institución, servía para guiar al pueblo por la buena vía. Desde Fou-Mi, cada emperador tuvo su propia música creada por él mismo o compuesta bajo su dirección. El I Ching, el libro oracular chino, un poco más moderno, lo dice así: “La música posee el poder de disolver las tensiones del corazón surgidas de la vehemencia de oscuros sentimientos. El entusiasmo del corazón se manifiesta espontáneamente en la voz del canto, en la danza y el movimiento rítmico del cuerpo. Desde antiguo el efecto entusiasmador del sonido invisible, que conmueve y une los corazones de los hombres, se percibía como un enigma. Los soberanos aprovechaban esta propensión natural a la música. La elevaban y ponían orden en ella. La música se tenía por algo serio, sagrado, que debía purificar los sentimientos de los hombres. Debía cantar loas a las virtudes de los héroes y tender así el puente hacia el mundo invisible. En el templo se acercaba uno a Dios con música y pantomimas”

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El desprecio republicano

Estos días se vive en Francia la insurrección de los chalecos amarillos, un movimiento que estalló con la subida de los carburantes como espoleta y que lleva seis sábados colapsando París y algunas otras ciudades francesas. Como ya viene siendo habitual la guerra por el sentido de lo que ocurre se produce en los media y en las redes, con todo tipo de exageraciones, manipulaciones y tomas de posición de unos y otros. Para muchas instituciones y grupos que viven en sus particulares burbujas de sentido es un escándalo que algo así se produzca sin su participación, sin que lo vieran venir y tratan de reducirlo a sus enquilosadas categorías de análisis. Refinados analistas e intelectuales bajan al barro de la guerra por el sentido con slogans repetitivos y cada vez más simples. Entre ellos los que dicen defender la República, reduciendo a los manifestantes a las etiquetas habituales: antisemitas, ultraderechistas, ultraizquierdistas, horteras, vagos. Desde el nacimiento del preciosismo las clases altas han utilizado la lengua francesa para distinguirse de la vulgaridad popular, calificando la amenaza que les llegaba de los de abajo con diferentes expresiones a lo largo del tiempo como sans culottes, sans dents, racaille, ringards, etc. Para esta arrogante intelectualidad fundamentalmente parisina, los chalecos amarillos son unos ignorantes políticos que no entienden la superioridad de los valores republicanos. Sin embargo han olvidado algunas lecciones de su propia historia republicana. Es conocido el desprecio que Napoleón sentía por los españoles. Esta gente no es nada (le decía a Talleyrand cuando éste le aconsejaba prudencia), España es un país de monjas y curas, necesita una revolución. Pero los guerrilleros españoles, a los que también despreciaba profundamente, fueron el comienzo del fin del imperio napoleónico. Aunque no pudo por la época, a Napoleón le habría venido bien leer a Freud cuando decía “quien no tenga ciencia y arte tenga religión”. Y la historia reciente nos enseña el papel de la religión entre los sin ciencia y sin arte (occidentales por supuesto), entre los sin dientes y parece que ahora entre los sin iPhone. Napoleón confundía ser y tener, creyendo que los que no tenían nada no eran. Creo que los republicanos, tanto franceses como españoles, deberían poner entre paréntesis ese desprecio que surge del sentimiento de superioridad moral que les producen sus confortables burbujas de sentido sostenidas por los privilegios de los que tienen y reconocer la legitimidad de las demandas de los que no tienen, de los sin “culottes”, los sin dientes, los sin techo, los sin empleo, los sin papeles, los sin un sitio para caerse muerto.

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El tiempo fenomenológico

En la entrada anterior señalaba como en su Historia del tiempo S. Hawkins citaba a Wittgenstein como representante de la filosofía del siglo XX que habría reducido el ámbito de sus indagaciones al análisis del lenguaje. Supongo que en un libro de divulgación no procede ahondar en los temas complejos, pero reducir así la posición de la filosofía en el siglo XX me parece excesivo. ¿No debería un científico ser más prudente a la hora de marcar el paso y acusar a la filosofía de retrasarse? Creo que una historia del tiempo no debería despachar tan rápidamente la historia de la filosofía y de la ciencia y podría ocuparse de otras formas de concebir el tiempo, como la de los fenomenólogos.
A comienzos del siglo XX la ciencia moderna experimenta una crisis de sus conceptos fundamentales en un contexto de crisis vital radical, crisis de las formas políticas, de la idea de progreso asociada a la revolución industrial. Esta compleja crisis generalizada sería el preludio de treinta y un años de guerras mundiales. En ese contexto, un pequeño grupo de científicos veía como sus convicciones científicas se derrumbaban. La matematización de la física, desde Galileo a la fórmula de la gravedad, había permitido la creación de la ciencia moderna y sus ciencias positivas imponiéndose como modelo de racionalidad. Pero nuevas teorias producen un terremoto en ese modelo, como la de la relatividad, que revoluciona las ideas del espacio y del tiempo eliminando el concepto de un tiempo absoluto. El tiempo no está completamente separado e independiente del espacio sino que combina con él para formar un objeto llamado espacio-tiempo. Cada individuo posee su propia medida personal del tiempo, medida que depende de dónde está y de cómo se mueve. El concepto de espacio y tiempo de Aristóteles, de Kant y Newton es superado.
Esta crisis que ilustra tanto al concepto de tiempo como a otros conceptos fundamentales sería además para Husserl una crisis de sentido de las ciencias. Para él, ya desde la matematización galileana de la naturaleza, la ciencia se había convertido en un conocimiento universal. Las ciencias positivas tuvieron éxitos indudables que contrastaban con los fracasos de la metafísica, especializándose, alejándose de la filosofía. Los filósofos y los científicos separaron sus caminos. Pero esa “pérdida de la fe en la razón que da sentido a cuanto pretende ser produjo una crisis de sentido en las ciencias”. Separándose del objetivismo fisicalista Husserl le opone el subjetivismo transcendental. Contrapone al tiempo cósmico, objetivo, de los científicos, el tiempo fenomenológico como unidad de todas las vivencias.

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Filósofos y científicos

En la Conclusión de su historia del tiempo Stephen Hawkins dice: “…la gente cuya ocupación es preguntarse por qué, los filósofos, no han podido avanzar al paso de las teorías científicas. En el siglo XVIII, los filósofos consideraban todo el conocimiento humano, incluida la ciencia, como su campo, y discutían cuestiones como ¿tuvo el universo un principio? Sin embargo, en los siglos XIX y XX, la ciencia se hizo demasiado técnica y matemática para ellos, y para cualquiera, excepto para unos pocos especialistas. Los filósofos redujeron tanto el ámbito de sus indagaciones que Wittgenstein, el filósofo más famoso de este siglo, dijo: “la única tarea que le queda a la filosofía es el análisis del lenguaje”. ¡Qué distancia desde la gran tradición filosófica de Aristóteles a Kant!”.
Como representante de los filósofos, Hawkins elige a Wittgenstein como “el más famoso” del siglo XX. Parece dudoso que la fama sea un buen criterio para elegir a un filósofo, más bien es una forma de tomar partido por la filosofía analítica dejando de lado otras corrientes contemporáneas como la fenomenología. Ésta, sin embargo, acusa la crisis que la ciencia experimenta a comienzos del siglo XX en la que caen sus hasta entonces conceptos fundamentales. Ya Husserl contraponía el tiempo cósmico, objetivo, y el tiempo fenomenológico como unidad de todas las vivencias. La medida era el criterio que utilizaba para diferenciar un tiempo y otro.
Suponiendo que se pudiera comparar la velocidad del paso de esas dos formas de representación ¿Avanzan las teorías científicas a un paso más rápido que la filosofía? Más allá de esta carrera entre la ciencia y la filosofía: ¿Cómo se relacionan en la actualidad el concepto de tiempo de la física con el de la filosofía?. Cuando el tiempo es una entre n dimensiones ¿Sigue siendo la cuestión de la medida un criterio de separación entre el tiempo para los científicos y el tiempo para los filósofos? ¿ O siguen teniendo los filósofos y los científicos “negocios” diferentes?

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Tiempos espaciales

Creo que la épica espacial ha configurado uno de los tiempos que me han tocado vivir y que llamaría la época espacial. La épica espacial sería una mezcla de al menos tres grandes factores: logros científico-técnicos impulsados por el “complejo militar e industrial”, campañas propagandistas enmarcadas en sus comienzos en la llamada “carrera espacial” entre la URSS y los EEUU (con el telón de fondo de la guerra fría) y la science fiction (que escribo en el inglés original porque fue la lengua que lo produjo y porque su traducción correcta al castellano sería ficción científica, como dice Julian Díez en Antología de la ciencia ficción española).
Nací el mismo año del lanzamiento del primer satélite enviado al espacio, el Sputnik1, que se convirtió en el pistoletazo de salida de la carrera espacial. Al principio los soviéticos tomaron la delantera. Aunque es menos conocido, ese mismo año comienza la radioastronomía, con el radiotelescopio de Manchester. Y es el perfeccionamiento de esa rama de la astronomía la que ha multiplicado las observaciones y descubrimientos actuales de exoplanetas análogos a la Tierra.
Las hazañas de los héroes espaciales comenzaron con la perrita Laika, primer ser vivo en orbitar la tierra y siguieron con Yuri Gagarin, primer hombre en viajar al espacio, Valentina Tereshkova la primera mujer, hasta Neil Amstrong, el primer hombre que pisó la luna y que en la épica espacial más reciente acaba como First Man o ganador, con los EEUU, de la carrera. Con doce años asistí atónito, por televisión en directo, en casa y con mi familia, a la llegada del Apolo 11, que izaría la bandera estadounidense en la superfice lunar. Los poderosos y masivos efectos psicológicos sobre la población de esas hazañas espaciales se mezclan con los diversos productos de la science fiction, el nuevo género que las masas devoran. Mi padre, lector de ficciones científicas populares, quería que mi hermana menor fuera astronauta, como casi todos los niños soviéticos querían ser cosmonautas. Utilizando los conocimientos científicos disponibles, las ficciones científicas articulan las fantasías de las masas, que proliferan en un contexto científico en el que la antigua frontera entre la ciencia y la ficción se ha hecho borrosa. Aprovechando esa tierra de nadie, la épica espacial actualiza la épica de las dos guerras mundiales narrando la victoria de los héroes estadounidenses en la guerra de las galaxias, produciendo, expresando y articulando la época de la hegemonía militar, económica y cultural de los EEUU en estos tiempos, además de prometer un futuro mejor gracias a los conocimientos científicos y tecnológicos.

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El sexismo en la batalla cultural española

El sexismo, como el racismo, sirven para legitimar las desigualdades existentes, las jerarquías, aunque el primero, según I. Wallerstein, parece ser más efectivo para convencer, como si tuviera raíces más profundas. A través de la legitimación del poder simbólico, la jerarquía evita ejercer la fuerza para mantenerse. Una de las formas de ese poder simbólico es producto de la batalla por la construcción de una jerarquía cultural, que distingue la superioridad del grupo dominante. Podemos ver un ejemplo en esta frase de F. Umbral: “Triunfar en provincias es como tirarse a una fea, no tiene mérito”. Triunfar para un escritor sería obtener una cuota de poder, de ganar pasta, para utilizar el vocabulario castizo que le gustaba utilizar a este escritor. Es una frase para vender su trabajo, por parte de un profesional de la escritura (cucañero literario, lumpen de la literatura según G. Morán en El cura y los mandarines) en el contexto político del final del régimen franquista. En ese momento, decir España era decir Madrid, después de las dos últimas décadas de centralismo, de emigración, éxodo rural y desarrollismo. El centralismo había sido alimentado por los medios de comunicación de masas nacionales (el Nodo, la radio en el primer franquismo y Televisión Española en el posterior, y la censura de prensa en los dos) a través sobre todo de las victorias del Real Madrid, retransmitidas en directo a través de Eurovisión, en la Copa de Europa, que conseguían un reconocimiento internacional que el Régimen necesitaba con urgencia. Pero dejarlo todo atado y bien atado al final del franquismo exigía también una legitimación cultural y eso es lo que aporta esta frase sexista, que no solamente no fue contestada en su momento (el momento del “Veterano es cosa de hombres”) sino que fue ampliamente reída. La supremacía del centro sobre las provincias es entonces como la de los hombres sobre las mujeres, de la cultura superior sobre la popular. El toque sexista sirvió, en este caso, para que esa supremacía fuera comprada por las masas.

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El retorno nacional

La globalización capitalista que sucedió al desmoronamiento del bloque soviético, transformó rápidamente el mapa político y las fronteras nacionales en Europa. En octubre de 1990 Alemania es reunificada, a finales de ese mismo año Ceaucescu, dictador de Rumanía es fusilado y su juicio sumarísimo retransmitido por televisión. Los Balcanes sufren una reconfiguración y surgen nuevos países, Eslovenia (1991), Croacia, Bosnia, Serbia, Montenegro tras la guerra posterior a la desintegración de Yugoslavia, se produce la separación de Checoslovaquia, la independencia de las antiguas repúblicas soviéticas… Las antiguas fronteras eran desbordadas por el mercado y los flujos digitales financieros internacionales. Bajo el empuje neoliberal, el Estado del bienestar se desmantelaba, el concepto de Estado Nación entraba en crisis. Durante finales del siglo pasado y la primera década de éste, el movimiento altermundista enfocaba su acción más allá de las fronteras nacionales. La contestación a la crisis económica posterior a la burbuja inmobiliaria en España y las movilizaciones del 15M respondían a la crisis económica, a la crisis de la representación democrática. La identidad nacional no era una fuente de sentido para la contestación política en ese momento. Era un movimiento sin banderas, sin reivindicaciones nacionales, que disolvía tanto la policía nacional como los mossos. Sin embargo parece que la receta neoliberal del siglo XXI lleva a los mismos callejones sin salida que al liberalismo a principios del XX y retornan la barreras nacionales, el proteccionismo en economía, la reacción identitaria, autoritaria y xenófoba contra la inmigración, en política. Uno de los efectos de la contestación a la crisis fue el sorprendente resultado del nuevo partido político Podemos (creado cuatro meses antes) en las elecciones europeas de mayo de 2014. Desde ese momento se convirtió en el centro de la atención político-mediática lo que le hizo subir espectacularmente en las encuestas. Los “ayuntamientos del cambio “ que nacieron en las elecciones municipales del 2015 fue otro de los efectos. La institucionalización parcial del movimiento en un partido político de ámbito estatal, obliga a definir una posición sobre la forma del Estado y la cuestión nacional. De forma paralela el independentismo catalán crecía desde el rechazo del término nación y la modificación del Estatut por el Tribunal Constitucional, aunque la crisis económica hubiera dejado este debate en segundo plano. En noviembre de 2014, Artur Mas convocaba su “consulta popular no refrendaria sobre el futuro político de Cataluña”. Durante todo el año siguiente el debate sobre Cataluña fue desplazando las cuestiones sociales y a Podemos del centro de atención mediática y nutriendo el crecimiento de Ciudadanos, el Podemos de derecha que necesitaban los banqueros. En septiembre ganaron las elecciones los independentistas en Cataluña y en diciembre Podemos, a pesar de de que las encuestas habían señalado una bajada respecto a las previsiones de primeros de año, entró en el Parlamento por primera vez con un resultado importante pero no suficiente para el cambio político. Las elecciones se repitieron en junio del 2016, esta vez con IU formando Unidos Podemos y bajaron los resultados, a pesar de la unión. Desde entonces el conflicto catalán no dejó de aumentar su presencia en la agenda política nacional e internacional y las masas llenaron las calles de banderas, ocasión que no dejó pasar la extrema derecha.
Ante el vacío que deja el fracaso económico neoliberal, la identidad nacional retorna como principal fuente de sentido político. Dota de un poder simbólico masivo al satisfacer la avidez de sentido de las masas articulado en la épica, la mística, la religión, y otras ficciones más o menos románticas. Esa ola que atraviesa Europa se declina en el caso español en la cuestión catalana.

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