En bruto. Una reivindicación del materialismo histórico. C. Rendueles. Libros la Catarata 2016

El tono del libro se hace necesariamente más técnico y académico para el lector no especializado cuando recorre las ciencias sociales señalando la pervivencia del idealismo. En la teoría del determinismo tecnológico en la formación del capitalismo, por ejemplo. Siguiendo a Hobsbawn recuerda que hubo poca tecnociencia en las transformaciones económicas que se produjeron en Inglaterra en el siglo XVIII. Los principales cambios se dieron en la organización del trabajo y la tecnología industrial retroalimentó un proceso social ya en marcha. El autor se enfrenta a esa lectura afirmando que la historia del marxismo es la de un constante incremento de la sensibilidad hacia las corrientes culturalistas y hermenéuticas (manifiesta en Gramsci). Eso le lleva a ocuparse de la filosofía hermenéutica, la herencia contemporánea del idealismo, para quien la subjetividad dota de sentido al mundo y por eso no habría hechos brutos en ciencias sociales (el título parece aludir a esta cuestión). Aunque rechaza que las distintas instituciones sociales sean textos con un sentido que se puede descifrar y señala la indeterminación semántica de las interpretaciones, reconoce una dependencia explicativa de las subjetividades respecto a la materialidad. Y es que las explicaciones basadas en el estudio causal de las dinámicas culturales y subjetivas (Max Weber) han sido la principal alternativa en ciencias sociales a las explicaciones materialistas. Estas explicaciones llegan a repercutir en nuestra vida cotidiana por medio de las teorías de la economía ortodoxa que toma como punto de partida el análisis de nuestras preferencias individuales y que constituyen la base de las políticas de gobiernos, bancos e instituciones financieras. Así las posiciones idealistas estarían encapsuladas en la ideología dominante y el materialismo histórico sería un buen reactivo contra ellas. El estudio de los fenómenos culturales ha tendido progresivamente a vincularse con el estudio de las producciones materiales para evitar la arbitrariedad de la semiología y la vacuidad formalista de las teorías de la decisión racional, por una suerte de “inercia científica” ya que, afirma el autor siguiendo otra vez a Hobsbawn, que sistemáticamente las opciones materialistas han tenido un mayor rendimiento explicativo.
Reconociendo el reduccionismo de algunas explicaciones marxistas cree muy difícil determinar el ámbito de influencia de las fuerzas productivas sobre las relaciones de producción y la superestructura. Las soluciones a este problema que se han intentado han dado resultados ambiguos. La mayor parte de las versiones de las relaciones dialécticas incurren en un defecto formal que las invalida, el funcionalismo. Da como ejemplo de autor de inspiración marxista que intenta una explicación funcionalista a Althusser. Otros autores prefieren hablar de estructuras, pero éstas no son explicativas en el mismo sentido en que el impacto de una bola de billar explica el movimiento de otra. Es necesario en cada caso reconstruir la historia causal particular de cada acontecimiento que pretendemos explicar. En el mundo social solo tenemos una idea aproximada de que conjuntos interrelacionados de elementos son más resistentes al cambio que otros. El materialismo opta según el autor en reducir las expectativas del conocimiento social científico manteniendo su carácter explicativo considerando a las ciencias sociales como praxiologías, es decir, saberes cotidianos, no científicos. Es graciosa la anécdota personal que utiliza el autor para ilustrar la cuestión de la indefinición de las ciencias sociales. A pesar de eso califica de absurdo el menosprecio de la potencia cognitiva de nuestros saberes cotidianos ya que están articulados, pueden ser refinados, debatidos e incrementados. Pero no existe una teoría científica de la sociedad. Con un toque de humor resume su posición: Las ciencias sociales serían a las ciencias naturales como un tiburón a un submarino, se parecen, pero por dentro no tienen nada que ver. Termina proponiendo recuperar el proyecto de lo que Aristóteles llama dialéctica, en la que se emplean “opiniones compartidas por todo el mundo, o por la mayoría de la gente, o por los sabios; y en el caso de los sabios, bien por la mayoría, bien por los más conocidos y reputados”.
Las explicaciones del capitalismo que ha proporcionado el materialismo histórico, entendido en un sentido muy amplio y no dogmático (Piketty y antes Wallerstein, por ejemplo), dan un papel central a procesos alejados de las motivaciones inmediatas de los agentes económicos, pero que guardan una relación central con el modo en que la sociedad capitalista se reproduce materialmente a lo largo del tiempo. Las relaciones comerciales son acuerdos entre individuos libres que, con la mediación del dinero, intercambian bienes o servicios que consideran equivalentes. Pero estas transacciones económicas entre individuos libres producen una desigualdad sistemática. El autor llega a explicar esta desigualdad con una buena definición del capital de Marx: relación social en una sociedad orientada por la regla fundamental de obtner más dinero sin vulnerar las reglas del intercambio mercantil, sin coerción ni estafa, exclusivamente mediante relaciones comerciales libres. La ganancia surge de la diferencia entre el valor de la fuerza de trabajo y el valor que esa fuerza puede crear. El trabajo es la fuente del plusvalor y el salario oculta su raíz, es decir, la desigualdad, a través de un acuerdo comercial. Es un fenómeno inaudito históricamente. La desigualdad económica capitalista está imbricada en las relaciones sociales a través de las que nuestra sociedad obtiene su sustento material.
La teoría de la explotación que se desprende de estas ideas se hace cargo de la tensión entre democracia y economía, como expresaban las consignas del 15M. Sin embargo la teoría del valor de esta explicación es problemática. El valor sería un criterio social subyacente que permite comparar mercancías y que actúa como centro de gravedad en torno al cual fluctuaran las mercancías. El valor está determinado por el tiempo de trabajo directo o indirecto para producir la mercancía. Trabajo socialmente necesario, abstracto y simple. El problema es que no describe la intención consciente de compradores y vendedores. Entonces ¿cómo respetan una ley, el valor, de la que no son conscientes? La respuesta del autor es que sucede como si la ley estuviera incorporada a nuestras instituciones económicas y solo la reconocemos cuando se producen turbulencias financieras potencialmente catastróficas. El materialismo histórico entiende la economía capitalista como el resultado de una interacción compleja no solo de intereses mercantiles privados sino de agentes institucionales con valores y tradiciones en conflicto. Por eso califica con Piketty de absurda la separación de la economía (como praxiología) del conjunto de las ciencias sociales.
Las connotaciones políticas y éticas del materialismo histórico llevan al autor a hacer una crítica de la teleología en la historia. La teleología inyecta dinamismo en la base social y su crítica radical lleva al nihilismo. Para el autor hay progreso sin historicismo. Los hechos históricos se pueden organizar en función de las distintas líneas de coherencia: la tecnología, la sostenibilidad ambiental, la estética, la cultura… No todas esas narrativas son congruentes entre sí ni muestran un avance, aunque algunas de las perspectivas posibles (como la justicia) sí pueden ser entendidas como un progreso. El materialismo histórico sería una vía no nihilista de crítica política del historicismo y emancipación de los perdedores del capitalismo, agentes privilegiados del cambio social. Ha planteado el socialismo como una opción de emancipación coherente con la realidad capitalista y comprensible desde ella. El cambio político (contingente, no finalista) está relacionado con la profundación de la democracia y con las políticas igualitarias. Históricamente, las sociedades que mejor han logrado superar alguna de las ataduras pragmáticas de la ultramercantilización y promover avances sociales, educativos o productivos han sido las más igualitarias.
En el Epílogo propone una profundización naturalista del materialismo histórico. A partir de Marx and Human Nature de Norman Geras marca una simetría formal entre el naturalismo y el materialismo histórico y propone una explicación naturalista de la conducta humana, adjuntando referencias de la teoría de la evolución y estudios de biología, austentes en los manuales básicos de sociología. Es en este punto donde surgen mis dudas, frente a algunos de los nombres citados por el autor, como P. Singer cuya ética utilitarista me parece que plantea problemas.

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Acerca de joaquinluz

Soy una mirada que escapa tras la luz horizontal, roja, del atardecer. Soy un suspiro azul. Soy de la calle.
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2 respuestas a En bruto. Una reivindicación del materialismo histórico. C. Rendueles. Libros la Catarata 2016

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