El poder destituyente del hipertexto

La movilización de la última semana de septiembre (25-29S) que rodeó el Congreso de los Diputados, convocada anónimamente desde Internet, exigía la dimisión del Gobierno y la apertura de un proceso constituyente. Desde otros sectores nacionalistas se ha cuestionado también la actual Constitución, a la vez que otros, más conservadores, se alzaban en vehementes defensores de la misma. Este antagonismo a su vez era denunciado por algunos marxistas por desplazar la contestación social del objetivo primordial, acabar con el capitalismo, llegando en algunos casos, un poco conspiranoicos desde mi punto de vista, a calificar el movimiento como una obra de ingeniería social destinada a crear una disidencia controlada y desactivar así la verdadera lucha. En cualquier caso, se ha abierto una brecha en el consenso de la Transición, en un nuevo contexto. Ese consenso hegemónico se tambalea acosado por la pérdida de soberanía en lo económico y por el desbordamiento de los marcos que dotaban de sentido a un determinado ámbito territorial en una época determinada, desde los medios audiovisuales y la prensa hasta la propia Constitución. El lenguaje hipertextual de la WEB y las redes sociales ha mostrado un enorme poder destituyente en diferentes países afectados por la llamada primavera árabe, produciendo una cadena de caídas de regímenes en pocos meses. En el denominado mundo occidental este poder destituyente ha afectado más a la industria del entretenimiento, a los medios de establecimiento del sentido, a los autores y a la Autoridad. Ya no es imprescindible poseer una gran rotativa para hacer circular un periódico, ni un gran estudio de grabación audiovisual para producir telediarios, discos o retransmisiones en directo, como no es imprescindible el soporte de la cinta de cassette, vinilos, Cds, Dvds para las copias de las diversas formas musicales o audiovisuales. Esa lógica desbordante del hipertexto ahora llega a desestabilizar el texto instituyente, reclamando participación, co-institución real. El texto concreto de la Constitución es más bien un edicto, una norma promulgada por el Rey, que una co-institución ya que es Don Juan Carlos I, rey de España, el sujeto de la enunciación. La Constitución nació bajo la amenaza constante de un estado de excepción, que entronizó al soberano, Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, designado por un dictador que llegó al poder mediante un golpe militar. El concepto de soberanía implícito en este texto, como demostró el famoso 23F, es el del conocido jurista alemán Karl Schmitt, inspirador del III Reich: soberano es aquél que decide en el estado de excepción. Primero acabo con el orden co-institucional, establezco un estado de excepción y designo al soberano. Todo atado y bien atado. Esa institución de Uno, Un-institución, con apariencia de co-institución se sostiene por la doxa, en su doble sentido de opinión y de gloria. Y es ahí, en el desbordamiento de los textos-marco que establecen la opinión, tanto en un ámbito territorial como en una secuencia temporal y en el desbordamiento de los mecanismos dispensadores de gloria, que la lógica hipertextual desestabiliza los textos instituyentes.

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Acerca de joaquinluz

Soy una mirada que escapa tras la luz horizontal, roja, del atardecer. Soy un suspiro azul. Soy de la calle.
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