A Enrique Vila-Matas

En Dublinesca, el protagonista, editor jubilado y convertido en un hikikomori enganchado al ordenador, busca en Google diariamente qué dicen de él en los blogs. No sé si lo seguirá haciendo, pero si es así, aquí encontrará una respuesta más, de alguien que no cree ser su ansiado lector con talento, sino más bien un lector ávido a su pesar, a quien la pulsión bulímico-lectora no permite a veces leer más despacio. Entre otras cosas porque siente que siempre llega tarde y, aunque sabe que en ese sentimiento lo que más peso tiene es el miento, no puede evitarlo. La cuestión es que se siente atraído por esa idea del lector que puede escuchar lo diferente a sí mismo. En este caso la diferencia entre el autor y editor barcelonés del Eixample, hijo único y eterno, protagonista de la actualidad y este lector, madrileño, exiliado en provincias, perfecto desconocido, hijo de familia numerosa y que ha perdido ya hace tiempo a sus padres. El terreno común es la relación con los libros, en este momento del fin de la era Gutenberg. El lector se recuerda con catorce años en las colas de la calle de los Libreros de Madrid, a comienzos de los años setenta, esperando conseguir alguno de los libros de texto para el Instituto, con su lista en la mano, entre empujones, atento a los inevitables listos que siempre se quieren colar. Había que llegar bastante antes de que abrieran y, si había suerte, después de dos o tres horas de cola, se conseguía algún libro, siempre con el nombre de otro niño en la primera página, subrayado con boli y lleno de dibujitos en los márgenes. Rápidamente había que volver a la cola de otra de las librerías para seguir completando la lista. El lector recuerda la embriaguez que le produjo, cuando llegó a la Universidad, poder acceder a la sala general de la Biblioteca Nacional, donde rellenaba el máximo permitido de tres fichas y entraba a la sala de antiguos y espaciosos pupitres a esperar que el funcionario con guardapolvo le trajera los libros que había pedido. Los hojeaba o los leía rápidamente para poder devolverlos y pedir otros tres más. Todos las tardes salía mareado y sin apenas recordar nada de lo que había leído. El lector recuerda con cariño al amigo que le prestaba los libros de la biblioteca de su padre, cuando leía un tomo diario de los episodios nacionales en una edición antigua, de antiguas, maravillosas tapas duras y no porque le gustara especialmente Galdós, sino porque estaba dispuesto a leerlo todo. También al amigo que le regaló la edición de bolsillo del Ulises de la editorial Bruguera. El lector comenzó a comprar libros cuando consiguió un trabajo estable, poco antes de ser padre, y comenzó a crear su propia biblioteca. Sin embargo, entre los niños pequeños y las obligaciones laborales ahora que tenía libros, no tenia tiempo para leerlos. Los niños se han hecho mayores y ya tiene libros, pero al lector le queda poco tiempo. Y no sólo para leer los libros de su biblioteca sino todos los que ahora son accesibles. Su hijo le ha traído un tablet que trae de serie, por doscientos euros, mil libros, desde Aristóteles, a Kierkegaard, a Conrad, a Marx… Y no sólo eso, sino que la propia Dublinesca, publicada hace sólo un año y medio (leída en ejempar debidamente comprado), ya se puede descargar gratis en PDF, como tantos otros. El lector entiende las zozobras del autor y del editor, pero desde su ignorancia irremediable, porque ya siempre llegará tarde, cree que no todo es malo en el fin de la era Gutenberg. Espera que algún chaval de catorce años no sólo se descargue basura de Internet y podrá no hacer colas en la calle de los Libreros. Y que los verdaderos autores y editores recuerden, como dice V. Navarro, que la escalera por la que se llega arriba está construida por otros. Que la verdadera autoridad es la que aumenta a otro y si ese otro, como este lector, más escudero que caballero, indigno por tanto de pertenecer a la orden de caballeros de Finnegan, reconoce ese aumento, se ocupará de una manera o de otra de mantener al autor con talento. No tengas miedo a dejar de ser hijo único, Enrique.

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Acerca de joaquinluz

Soy una mirada que escapa tras la luz horizontal, roja, del atardecer. Soy un suspiro azul. Soy de la calle.
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4 respuestas a A Enrique Vila-Matas

  1. pepa naranjo dijo:

    Por si no lo has visto aún, este corto preciosísimo de libros con patitas es “…a story of people who devote their lives to books and books who return the favor” .
    Título: The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore

  2. joaquinluz dijo:

    Emocionante, Pepa, gracias

    • pepa naranjo dijo:

      No más que la crónica de “el lector”. Gracias a ti, me alegra que lo hayas disfrutado. Es evidente que se ha escrito y realizado desde el más profundo amor a los libros y a su significado y valor.

  3. Pingback: CT o la Cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española, DEBOLSILLO, 2012 | joaquinluz

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