Bildungsroman (V) Ibiza

Me despertó el golpe metálico del motor al cesar la velocidad de crucero. Al contrario que en las dos primeras noches en mi camarote del Villa de Madrid, situado justo encima del árbol de la hélice, ahora el ruido del motor me hacía conciliar el sueño. El suave rumor del descenso a los cuatro o cinco nudos era señal de que llegábamos a puerto. Por el ojo de buey ví las murallas renacentistas, la catedral, y subí inmediatamente a cubierta, justo cuando entrábamos en la bocana del puerto, casi rozando el faro en el que acababa el rompeolas. Eran las ocho de la mañana, el mar estaba plano y no había ni una nube en el cielo. El contraste con el diluvio de la noche anterior debió acentuar la sensación de tranquilidad que me embargó mientras llegábamos al muelle, siguiendo la hilera de pequeñas casas blancas al pie de la muralla. Llegaba a la isla por casualidad. Lo que había oído de ella, que se había convertido en un lugar de turismo desarrollista y gay dominado por el caciquismo de derechas, no me parecía atractivo. No había leído nada de la copiosa literatura sobre Ibiza, iba casi tan desinformado como cuenta mi amigo el poeta Vicente Valero de Walter Benjamin. Sabía que, como tantas otras veces, llegaba tarde. En esta ocasión a la meca de los hippies, aunque lo hacía como decía Josep Pla que había que llegar, por mar, encontrándose a la ciudad de frente. Se ha escrito tanto sobre la luz que ha atraído a tantos pintores a esta isla que no creo que pueda añadir más que lo entiendo perfectamente. A mí me hizo revivir algo de la pureza y la inocencia de mi infancia.
Ya he dicho que el barco no traía apenas pasajeros y el desembarco fue rápido. Al pie de la escalerilla me esperaba impaciente el amigo al que iba a relevar. Fuimos a tomar un café con leche al único bar que había abierto, en una mesa del exterior. Mi amigo estaba tan nervioso, que con uno de los manotazos afectuosos que me dirigía me tiró medio café por encima. Llevaba un año en la isla, y estaba ansioso por marcharse. No entendía por qué tenía tantas ganas de dejar un lugar tan apacible.

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Acerca de joaquinluz

Soy una mirada que escapa tras la luz horizontal, roja, del atardecer. Soy un suspiro azul. Soy de la calle.
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