Bildungsroman (IV) Flashback

Salí a popa para ver alejarse las luces del puerto. Seguía lloviendo intensamente y la noche parecía impenetrable, pero el mar estaba en calma. Cuando me iba a resguardar en una esquina para fumar un cigarrillo apareció mi antiguo compañero con dos vasos en la mano. Entra, que nos vamos a mojar, me dijo, y nos sentamos en un rincón de la cafetería desierta. Hacía cuatro años que no nos habíamos visto e intercambiamos noticias de los conocidos. No tenía mucho tiempo, porque todavía estaba de servicio, y me dijo que me había conseguido un camarote de alguien que no se había presentado al embarque, así que me instaló en uno de clase preferente y se fue a terminar su trabajo. Tumbado sin desvestirme en la litera, sonreí recordando la conversación. Sus preguntas me llevaron a pensar en la sexualidad de los tripulantes. Él era abiertamente homosexual, como tres o cuatro más, todos camareros. Otros practicaban una sexualidad carcelaria, homosexual cuando navegaban, heterosexual cuando tocaban puerto. Había varios bígamos, de la época en que viajaban a Guinea. Contaban que algunos viejos del lugar subían al barco para ofrecerles una mujer. Yo tenía veinte años cuando me asignaron como ayudante de Ambrosio, un homosexual de ciento veinte kilos, de una tupida pelambrera que le asomaba por el pecho y cubierta de una pesada cadena de oro, como las sortijas y anillos que llenaban sus dedos. Contaban de él que regentaba una whisquería en Ceuta y que tuvo que huir porque le había roto una botella en la cabeza a un comisario de policía que se había puesto pesado. Aunque apenas salía de su camarote, una pieza recargada de adornos y jaulas de pájaros, controlaba absolutamente todo lo que sucedía en el barco y todos le respetaban o por lo menos le temían. Trabajábamos codo con codo en un cuartucho al lado de la sala de máquinas, siempre con estruendo, olor a fuel y humedad. Nada más llegar se enamoró de mí y me lo hizo saber. Yo le dije que sólo me gustaban las mujeres, y a partir de allí se convirtió en mi madre. Me advertía de tal o cual oficial, de algunos tripulantes. Cuando atracábamos en el muelle de Colón, en Barcelona, me llevaba por unos lugares del barrio chino a los que jamás me habría atrevido a internarme yo solo. Era la Barcelona de los setenta que tan bien describió Nazario, cuando los marines de la VI flota revolucionaban a todas las prostitutas y armaban peleas multitudinarias que los de la policía militar no podían parar. También comenzaba a circular la heroína y los yonquis llenaban la Plaza Real y alrededores. Sin embargo, con Ambrosio iba completamente seguro. Los tipos más patibularios le saludaban desde las puertas de los tugurios con respeto. Me llevaba con frecuencia al final de la calle Escudillers, a un barra americana cuya dueña deseaba casarse con él aunque él la quería sólo como amiga. Me advertía de que no tuviera contacto con las chicas y que sólo aceptara las copas que nos ofrecía la dueña. Recordando las lágrimas de Ambrosio, cuando nos despedíamos mientras zarpaba el barco, yo agitando la mano desde el muelle y él acodado en la barandilla de la cubierta, me quedé dormido. 

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Acerca de joaquinluz

Soy una mirada que escapa tras la luz horizontal, roja, del atardecer. Soy un suspiro azul. Soy de la calle.
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Una respuesta a Bildungsroman (IV) Flashback

  1. pepa naranjo dijo:

    Está muy bien que nos sorprendas de vez en cuando con una entrega de tu bildungsroman. 1 porque tengo la posibilidad de recibir otro capítulo de “joaquinluz vidayaprendizajes”, cosa que me satisface y me alegra mucho, 2 porque se me queda conectada la capacidad evocadora mucho rato, la del autor y, por contagio, la mía. Y eso mola. Gracias!!!

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