Bildungsroman (III) Largando amarras

Los hombres y las mujeres somos como islas de un archipiélago, unidas por el mar que nos separa y el amor es un invento, como un barco que, a veces, permite que nos encontremos. El barco, sin embargo, aquella noche, parecía más bien el Arca de Noé y yo el único animal que embarcaba. En un transistor que escuchaba la taquillera de la estación marítima oí que las víctimas producidas por la rotura de la presa llegaban casi al centenar y que había muchos desaparecidos. Se había decretado el estado de alerta máxima y se aconsejaba a la población que no saliera de sus casas. La lluvia debía haber estropeado el sistema de iluminación del muelle ya que sólo algunas luces de emergencia aumentaban un poco su potencia al reflejarse en el blanco casco del buque. Éste flotaba en un negro plano, donde el mar no se distinguía de la noche. Tenía un pasaje turista, lo que quería decir que tendría que pasar la noche en una butaca. Di una vuelta a la sala, que estaba vacía, calculando donde podría estar más cómodo. En una de las puertas, un tripulante con las manos a la espalda, me observaba. Elegí un rincón con los butacones dispuestos unos frente a otros para poder estirar las piernas y dejé mis bultos al lado. En ese momento vi que el tripulante se me acercaba y pensé que me iba a amonestar por haber puesto los pies mojados en la butaca de enfrente, pero cuando estaba a pocos metros de mí, me sorprendió reconocerlo. Era un compañero de mi temporada en el Villa de Madrid a la que he aludido en otra entrada. Él se alegró de verme tanto como yo. Me dijo que en cuanto zarpáramos vendría a charlar conmigo y se alejó. Mientras observaba como un operario con chubasquero largaba las estachas de los norays y aumentaba el ruido del motor, me di cuenta de que mi estado de ánimo había cambiado. Ya no me importaba la lluvia, la noche ni el lugar desconocido al que viajaba. 

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Acerca de joaquinluz

Soy una mirada que escapa tras la luz horizontal, roja, del atardecer. Soy un suspiro azul. Soy de la calle.
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