Bildungsroman (I) La partida

Llovía. El tren atravesaba campos embarrados y solitarios en una tarde gris de Octubre. Me iba, como un joven que parte dejando atrás la casa familiar con su hatillo atado a un palo. Tenía veinticinco años y viajaba a mi isla desierta ligero de equipaje: una vieja mochila de un amigo, un poco de ropa de segunda mano, un libro, y un cuaderno con algunas notas. También llevaba una horrible caja forrada de plástico marrón con un cochambroso saxo al que le fallaban los graves.

El Intercity era en ese momento un “puente ferroviario de alta velocidad comercial” que unía Madrid y Valencia y había sido publicitado como el apoteosis de la modernidad ferroviaria. Estaba atendido por azafatas y en cada vagón había una pantalla de televisión. Pero la calefacción estaba demasiado fuerte y el ambiente era agobiante. Un avance del telediario informó de que las elecciones generales estaban transcurriendo sin incidentes y que la zona de Levante se encontraba en máxima alerta por fuertes precipitaciones. Pensé que el pronóstico metereológico habría disuadido a los pasajareros porque el tren iba casi vacío. La verdad es que la tarde cada vez era más oscura y sentí inquietud. Para tranquilizarme intenté imaginar el paisaje que me esperaba, aunque ya sabía por experiencia que esas imaginaciones siempre fallan. No tenía muy claro los motivos de la partida, aunque sí sentía que era mi partida lo que estaba en juego. Todavía no sabía lo que era una Bildungsroman, y que la partida era un mitema que los estudiosos habían aislado en narraciones de diferentes épocas y lugares, pero sí sentía que en mi ciudad natal no estaba lo que me llamaba. Recordaba la primera canción que aprendí en mi vida. Era de una zarzuela, y me la enseñó mi abuelo: can-ta, can-ta, vagabuuundo. Tus mi-serias por el muuundo. Que tu can-cióndirá, el vien-to lle-vará, hastalaldea dondetuamor es-táaaa.

El tren llegó a Valencia puntualmente y tenía un billete para el barco que zarpaba a medianoche. No había ni un taxi en la estación, así que decidí esperar un poco a que escampara. En los sondeos a pie de urna del telediario Felipe González habría ganado las elecciones por mayoría absoluta. Nunca he visto llover como entonces. Se me echaba el tiempo encima y tuve que salir a buscar algún medio de transporte. Las calles del centro de Valencia, normalmente populosas a aquellas horas estaban desiertas. Estaba desesperado y chorreante cuando un taxi libre apareció por el extremo de una plaza. Iba tan deprisa que me tuve que plantar delante de él abriendo los brazos. Me dijo que se iba a casa, que la presa de Tous se había roto y la riada había destrozado varios pueblos, que había decenas de muertos. Le rogué que me llevara al Grau y le debí de dar pena porque accedió. En la estación marítima sólo había unos negros que se guarecían de la gota fría, aunque la taquilla estaba abierta y el barco en su sitio. 

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Acerca de joaquinluz

Soy una mirada que escapa tras la luz horizontal, roja, del atardecer. Soy un suspiro azul. Soy de la calle.
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