El mar

Me tocó nacer en el centro de Madrid bajo la losa de una dictadura militar, en una familia que no se podía permitir salir de veraneo. Creo que será difícil para muchos en la actualidad concebir lo que es para un niño estar un año tras otro sin salir de una ciudad, donde la vista que busca el horizonte choca con los edificios, donde, en el parque del Retiro, única válvula de escape que teníamos, estaba todo prohibido: jugar al fútbol, montar en bicleta, pisar la pradera (como llamaban los guardias a las pocas islas de césped que había entonces); donde las noches de verano no podían refrescar las aceras de baldosines grises y los adoquines de las calles. Será soprendente para muchos también saber que hasta los catorce años no ví el mar. Pero así fue. Mis lecturas favoritas, como las de tantos otros chicos de aquella época tenían que ver con el mar. Robinsón Crusoe, La isla del Tesoro, Moby Dick…Quizá fue eso lo que me llevó a los veinte años a trabajar en un barco. Era un viejo barco de guerra alemán al que habían quitado los cañones, pintado de blanco y reconvertido en barco de pasajeros. La causalidad quiso que se llamara Villa de Madrid, y hacía la línea entre Barcelona y Mahón y para ello tenía que cruzar una esquina del golfo de León, una zona particularmente agitada del Mediterráneo. Mi trabajo allí me permitía estar libre cuando el barco navegaba. Una tarde de verano, se desató una tormenta que dejó desierta la cubierta de pasajeros. Fuí a la punta de la proa y me agarré con los brazos y las piernas a la columna que soportaba la barandilla. Ninguna atracción de feria puede compararse a esas subidas y bajadas. El barco, como una casa de cinco pisos, primero parecía que fuera a salir volando para inmediatamente caer bruscamente como si fuera a hundirse en el mar, salpicándome de agua salada. El fuerte viento parecía querer arrancarme el pelo y acallaba los gritos de júbilo que profería. Estuve así un rato, no más de quince o veinte minutos, hasta que un marinero, agarrándose como podía llegó hasta donde estaba para decirme que el capitán me había visto desde el puente y me ordenaba, con muy buen criterio, ahora que lo pienso, que me fuera de allí. Más de treinta años después todavía rememoro la sensación cuando me siento encerrado. El mar es también amigo mío.  

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Acerca de joaquinluz

Soy una mirada que escapa tras la luz horizontal, roja, del atardecer. Soy un suspiro azul. Soy de la calle.
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2 respuestas a El mar

  1. pepa naranjo dijo:

    Arrrggggg!!! Qué cosa más bonita has escrito, joaquinluz!!! Gracias!!!

  2. Pingback: Bildungsroman (III) Largando amarras | joaquinluz

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