El sexismo en la batalla cultural española

El sexismo, como el racismo, sirven para legitimar las desigualdades existentes, las jerarquías, aunque el primero, según I. Wallerstein, parece ser más efectivo para convencer, como si tuviera raíces más profundas. A través de la legitimación del poder simbólico, la jerarquía evita ejercer la fuerza para mantenerse. Una de las formas de ese poder simbólico es producto de la batalla por la construcción de una jerarquía cultural, que distingue la superioridad del grupo dominante. Podemos ver un ejemplo en esta frase de F. Umbral: “Triunfar en provincias es como tirarse a una fea, no tiene mérito”. Triunfar para un escritor sería obtener una cuota de poder, de ganar pasta, para utilizar el vocabulario castizo que le gustaba utilizar a este escritor. Es una frase para vender su trabajo, por parte de un profesional de la escritura (cucañero literario, lumpen de la literatura según G. Morán en El cura y los mandarines) en el contexto político del final del régimen franquista. En ese momento, decir España era decir Madrid, después de las dos últimas décadas de centralismo, de emigración, éxodo rural y desarrollismo. El centralismo había sido alimentado por los medios de comunicación de masas nacionales (el Nodo, la radio en el primer franquismo y Televisión Española en el posterior, y la censura de prensa en los dos) a través sobre todo de las victorias del Real Madrid, retransmitidas en directo a través de Eurovisión, en la Copa de Europa, que conseguían un reconocimiento internacional que el Régimen necesitaba con urgencia. Pero dejarlo todo atado y bien atado al final del franquismo exigía también una legitimación cultural y eso es lo que aporta esta frase sexista, que no solamente no fue contestada en su momento (el momento del “Veterano es cosa de hombres”) sino que fue ampliamente reída. La supremacía del centro sobre las provincias es entonces como la de los hombres sobre las mujeres, de la cultura superior sobre la popular. El toque sexista sirvió, en este caso, para que esa supremacía fuera comprada por las masas.

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El retorno nacional

La globalización capitalista que sucedió al desmoronamiento del bloque soviético, transformó rápidamente el mapa político y las fronteras nacionales en Europa. En octubre de 1990 Alemania es reunificada, a finales de ese mismo año Ceaucescu, dictador de Rumanía es fusilado y su juicio sumarísimo retransmitido por televisión. Los Balcanes sufren una reconfiguración y surgen nuevos países, Eslovenia (1991), Croacia, Bosnia, Serbia, Montenegro tras la guerra posterior a la desintegración de Yugoslavia, se produce la separación de Checoslovaquia, la independencia de las antiguas repúblicas soviéticas… Las antiguas fronteras eran desbordadas por el mercado y los flujos digitales financieros internacionales. Bajo el empuje neoliberal, el Estado del bienestar se desmantelaba, el concepto de Estado Nación entraba en crisis. Durante finales del siglo pasado y la primera década de éste, el movimiento altermundista enfocaba su acción más allá de las fronteras nacionales. La contestación a la crisis económica posterior a la burbuja inmobiliaria en España y las movilizaciones del 15M respondían a la crisis económica, a la crisis de la representación democrática. La identidad nacional no era una fuente de sentido para la contestación política en ese momento. Era un movimiento sin banderas, sin reivindicaciones nacionales, que disolvía tanto la policía nacional como los mossos. Sin embargo parece que la receta neoliberal del siglo XXI lleva a los mismos callejones sin salida que al liberalismo a principios del XX y retornan la barreras nacionales, el proteccionismo en economía, la reacción identitaria, autoritaria y xenófoba contra la inmigración, en política. Uno de los efectos de la contestación a la crisis fue el sorprendente resultado del nuevo partido político Podemos (creado cuatro meses antes) en las elecciones europeas de mayo de 2014. Desde ese momento se convirtió en el centro de la atención político-mediática lo que le hizo subir espectacularmente en las encuestas. Los “ayuntamientos del cambio “ que nacieron en las elecciones municipales del 2015 fue otro de los efectos. La institucionalización parcial del movimiento en un partido político de ámbito estatal, obliga a definir una posición sobre la forma del Estado y la cuestión nacional. De forma paralela el independentismo catalán crecía desde el rechazo del término nación y la modificación del Estatut por el Tribunal Constitucional, aunque la crisis económica hubiera dejado este debate en segundo plano. En noviembre de 2014, Artur Mas convocaba su “consulta popular no refrendaria sobre el futuro político de Cataluña”. Durante todo el año siguiente el debate sobre Cataluña fue desplazando las cuestiones sociales y a Podemos del centro de atención mediática y nutriendo el crecimiento de Ciudadanos, el Podemos de derecha que necesitaban los banqueros. En septiembre ganaron las elecciones los independentistas en Cataluña y en diciembre Podemos, a pesar de de que las encuestas habían señalado una bajada respecto a las previsiones de primeros de año, entró en el Parlamento por primera vez con un resultado importante pero no suficiente para el cambio político. Las elecciones se repitieron en junio del 2016, esta vez con IU formando Unidos Podemos y bajaron los resultados, a pesar de la unión. Desde entonces el conflicto catalán no dejó de aumentar su presencia en la agenda política nacional e internacional y las masas llenaron las calles de banderas, ocasión que no dejó pasar la extrema derecha.
Ante el vacío que deja el fracaso económico neoliberal, la identidad nacional retorna como principal fuente de sentido político. Dota de un poder simbólico masivo al satisfacer la avidez de sentido de las masas articulado en la épica, la mística, la religión, y otras ficciones más o menos románticas. Esa ola que atraviesa Europa se declina en el caso español en la cuestión catalana.

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Periferias

SONY DSCHe hecho un viaje a la periferia del suroeste ibérico, en temporada baja, intentando alejarme del dominio simbólico actual, de sus ritmos, re-pensando mi lugar en el mundo, guiado por dos libros: una edición de escritos del portugués Fernando Pessoa (Iberia. Una introducción a un imperialismo futuro, pre-textos 2013) y otro del gallego Carlos Taibo (Comprender Portugal, Catarata 2017). Según éste último,  antes de la proclamación de la república, en 1910, Portugal era una suerte de periferia de la periferia. El portugués y el español fueron dos imperios pre-industriales que perdieron su centralidad con la revolución industrial y pasaron a ocupar lugares periféricos. Poco antes de la primera guerra mundial Pessoa propone una confederación de naciones, Iberia, en sus notas de Introducción a un Imperialismo futuro. La confederación de naciones, sería análoga a la confederación de las almas, teoría con la que explica su particular dinámica con los heterónimos. Su propuesta de imperialismo no era de dominio ni colonial, sino cultural, un imperialismo de poetas, civilizacional, en un momento en el que se imponía el dominio simbólico anglosajón. Ahora diríamos que propone una lucha por la hegemonía cultural. La actualidad retorna en estas páginas. Hace ya cien años el problema ibérico era, como ahora, Cataluña. Para el portugués “ambas partes tienen razón” y “no hay una solución satisfactoria para el problema”. El iberismo de Pessoa nos permite asumir literariamente nuestra identidad, hacer de nuestra diversidad y nuestra complejidad nuestro futuro. Comprender Portugal para comprender España, para comprender mi identidad.

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La participación política en las democracias parlamentarias

Igual que un contrato de trabajo entre un empresario y un trabajador se realiza entre dos personas teóricamente libres y esconde la diferencia de necesidad entre uno y otro, la participación política en las democracias parlamentarias esconde las diferencias de condición entre los participantes. La complejidad de las relaciones institucionales exige una dedicación a tiempo completo, por lo que la tendencia es a la profesionalización. Dado que no hay una garantía de continuidad en esa profesionalización, los propietarios de una plaza pública, los funcionarios, al poder pedir excedencias y permisos para campañas electorales conservando su plaza en el futuro están mejor situados que los parados, asalariados, autónomos, artistas o profesionales liberales que dependen de su clientela o de su público y no pueden suspender su actividad laboral durante unos años y empezar de cero. El trabajo doméstico y la crianza de niños, enfermos o ancianos, también son un handicap, que suele perjudicar más a las mujeres jóvenes. Aunque la situación se resuelva contratando a otras personas, éstas también suelen ser mujeres (“señoras de la limpieza”, cuidadoras…). Por otro lado las verdaderas elecciones se producen en el interior de los partidos que monopolizan la participación política, y en las que los miembros de los aparatos se benefician de su conocimiento del partido y, en la actualidad electrónica, del datamining que han ido haciendo y que emplearán en las elecciones internas. El paso del tiempo va seleccionando a los que pueden resistir más tiempo sin tener que ganarse la vida y va creando una cúpula de políticos a tiempo completo formado mayoritariamente por funcionarios y el abandono a posiciones pasivas al resto, reducido al final a refrendar las decisiones de los dirigentes. A día de hoy, la estructuración de la participación política en las actuales relaciones de producción no deja cabida a partidos no oligárquicos y margina a la mayoría de la población. Esa tendencia favorece determinado perfil político: hombre (o mujer masculinizada), funcionario, y de clase alta o media. Claro que hay excepciones, pero como siempre, para confirmar la regla.

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La guerra del tiempo

La condición actual es una compleja e informal guerra global por el tiempo. Los generales de esta guerra son por un lado hombres como Trump, Kim Jong-un, los fundamentalistas, las mafias mexicanas, los traficantes de mujeres, las manadas de violadores, etc, y por el otro lado mujeres que luchan por el futuro. Por supuesto que hay hombres, mujeres, gays, lesbianas y transexuales en los dos lados, pero parece que la eterna lucha entre Eros y Tanatos se distribuyera entre el principio femenino y el masculino, aunque desde la II Guerra Mundial con el nuevo horizonte de la autodestrucción de la especie humana. En las últimas décadas la violencia contra las mujeres se ha exacerbado hasta convertir el cuerpo femenino en campo de batalla de esta guerra como nos muestra Rita Laura Segato en su trabajo La guerra contra las mujeres. Del lado de Eros tenemos un arma, la música, pero más como proceso comunitario que como competencia de profesionales que venden sus productos en el mercado. La música es una organización de los sonidos en el tiempo humano, en el tiempo común, de la historia y del futuro. Arirang es una bellísima y antigua canción popular coreana que simboliza ésto. La palabra Arirang designa un monte que separa a Corea del Norte y Corea del Sur, pero también la desgracia y la guerra que separan al hombre de su mujer y sus hijos. La emoción es la misma a un lado y a otro de la frontera. Los coreanos, como las islas de un archipiélago por el mar, están unidos por la música del monte Arirang que los separa.

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Actualidad tecnopolítica

El debate ético y político sobre la tecnología ya tiene su historia con tres posiciones a grandes rasgos: tecnoutópicas, tecnoluditas o tecnofóbicas y tecnorrealistas. Esas posiciones ya indican su ambigüedad moral. La posición tecnorrealista http://biblioweb.sindominio.net/telematica/tecnoreal.html ya en 1998, manifestaba que las tecnologías no son neutrales, pero que no se puede decidir si son buenas o malas. Los cambios tecnológicos son buenos y malos a la vez. El colectivo ippolita http://www.ippolita.net/en para quien el modelo cultural de Google era expresión directa de un dominio tecnocrático, en su trabajo El lado oscuro de Google (de hace ya diez años) quería subrayar la urgencia social de alfabetización y orientación crítica del gran público acerca del tema de la gestión de los conocimientos (knowledges management).
Esa gestión de los conocimientos deriva en gestión y construcción de las identidades y comunidades digitales, además de en poderosas máquinas para campañas electorales como indica el artículo titulado Cómo nuestros votos ayudaron a ganar a Trump https://motherboard.vice.com/en_us/article/mg9vvn/how-our-likes-helped-trump-win de los periodistas Hannes Grassiger y Mikael Krognes, que cuentan cómo el psicólogo experto en psicometría Michal Kosinski desarrolló un método para analizar a la gente basado en su actividad en Facebook, fundamentalmente en los likes, con sorprendente precisión. Un colaborador suyo creó una empresa, Cambridge Analytica, basada en su método, que fue contratada para la campaña de los antieuropeístas en el Brexit y para la campaña de Trump. Acusado de falta de ética Kosinski afirma haber roto con su colaborador y no compartir su trabajo. No es posible decidir en qué medida Cambridge Analytica contribuyó a ganar las eleciones a Trump y a los partidarios de la salida del Reino Unido de la UE. Pero sí es un ejemplo de cómo la psicometría del Big Data puede convertirse en un instrumento de expropiación de datos personales y de dominación tecnocrática.
Un retrato actual de la resistencia a esa dominación tecnocrática en un país de la periferia es la última novela de B. Gopegui Quédate este día y esta noche conmigo. Ante el predominio de un modelo cultural tecnocrático, Gopegui apela, como en su novela anterior, Acceso no autorizado (2011), a la poética hacker, a una cultura fuera del marco de búsqueda que impone la industria de los metadatos.

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La condición actual

La actualidad del sentido común es la de los media, las RRSS, las novedades políticas, culturales, deportivas, meteorológicas. El trabajo de cada medio consiste en enmarcar, destacar y seleccionar las informaciones para dotarlas de un sentido, además de empaquetarlas de una manera atractiva para provocar el reflejo de compra de sus clientes o la asignación de recursos de las instituciones.
La cualidad de lo actual es lo reciente, recién hecho, recién acontecido que produce una prima de placer en el sujeto, hasta convertir a algunos en yonquis de lo reciente. El lapso de tiempo de lo reciente, su periodicidad, se ha sido acelerando hasta la transmisión en “tiempo real”. La digitalización de textos, imágenes y sonidos en equipos cada vez más pequeños y manejables, capaces de acceder instantáneamente a cualquier distancia en el planeta, también se aceleró desde que la informática redujo la información a números. Las periodizaciones sociológicas también se aceleraron y se sucedieron los post para calificar un nuevo cambio de época. ¿Hemos cambiado tantas veces de condición en estos últimos años como la serie del prefijo post nos indica?
Un significante emergente en el debate actual sobre los media es postverdad. El interés por la verdad ha dejado lugar a la credulidad por temor, dicen algunos. Habría que añadir que eso sería en el lado de los consumidores de información. Desde el lado de los productores los intereses serán vender más y crear opinión. Luego el interés crematístico y político parece también más poderoso que el interés por la verdad, cada vez más abajo en el ranking. Bajo el imperio de la rentabilidad y la avidez de novedades lo reciente, abundante y variado de la oferta de información desplaza el interés por la verdad, que para algunos a veces es mejor no saber y para otros es mejor producir.
El capital impone el presente, el poder del ahora, consumiendo pasado, hipotecando el futuro.

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