La guerra del tiempo

La condición actual es una compleja e informal guerra global por el tiempo. Los generales de esta guerra son por un lado hombres como Trump, Kim Jong-un, los fundamentalistas, las mafias mexicanas, los traficantes de mujeres, las manadas de violadores, etc, y por el otro lado mujeres que luchan por el futuro. Por supuesto que hay hombres, mujeres, gays, lesbianas y transexuales en los dos lados, pero parece que la eterna lucha entre Eros y Tanatos se distribuyera entre el principio femenino y el masculino, aunque desde la II Guerra Mundial con el nuevo horizonte de la autodestrucción de la especie humana. En las últimas décadas la violencia contra las mujeres se ha exacerbado hasta convertir el cuerpo femenino en campo de batalla de esta guerra como nos muestra Rita Laura Segato en su trabajo La guerra contra las mujeres. Del lado de Eros tenemos un arma, la música, pero más como proceso comunitario que como competencia de profesionales que venden sus productos en el mercado. La música es una organización de los sonidos en el tiempo humano, en el tiempo común, de la historia y del futuro. Arirang es una bellísima y antigua canción popular coreana que simboliza ésto. La palabra Arirang designa un monte que separa a Corea del Norte y Corea del Sur, pero también la desgracia y la guerra que separan al hombre de su mujer y sus hijos. La emoción es la misma a un lado y a otro de la frontera. Los coreanos, como las islas de un archipiélago por el mar, están unidos por la música del monte Arirang que los separa.

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Actualidad tecnopolítica

El debate ético y político sobre la tecnología ya tiene su historia con tres posiciones a grandes rasgos: tecnoutópicas, tecnoluditas o tecnofóbicas y tecnorrealistas. Esas posiciones ya indican su ambigüedad moral. La posición tecnorrealista http://biblioweb.sindominio.net/telematica/tecnoreal.html ya en 1998, manifestaba que las tecnologías no son neutrales, pero que no se puede decidir si son buenas o malas. Los cambios tecnológicos son buenos y malos a la vez. El colectivo ippolita http://www.ippolita.net/en para quien el modelo cultural de Google era expresión directa de un dominio tecnocrático, en su trabajo El lado oscuro de Google (de hace ya diez años) quería subrayar la urgencia social de alfabetización y orientación crítica del gran público acerca del tema de la gestión de los conocimientos (knowledges management).
Esa gestión de los conocimientos deriva en gestión y construcción de las identidades y comunidades digitales, además de en poderosas máquinas para campañas electorales como indica el artículo titulado Cómo nuestros votos ayudaron a ganar a Trump https://motherboard.vice.com/en_us/article/mg9vvn/how-our-likes-helped-trump-win de los periodistas Hannes Grassiger y Mikael Krognes, que cuentan cómo el psicólogo experto en psicometría Michal Kosinski desarrolló un método para analizar a la gente basado en su actividad en Facebook, fundamentalmente en los likes, con sorprendente precisión. Un colaborador suyo creó una empresa, Cambridge Analytica, basada en su método, que fue contratada para la campaña de los antieuropeístas en el Brexit y para la campaña de Trump. Acusado de falta de ética Kosinski afirma haber roto con su colaborador y no compartir su trabajo. No es posible decidir en qué medida Cambridge Analytica contribuyó a ganar las eleciones a Trump y a los partidarios de la salida del Reino Unido de la UE. Pero sí es un ejemplo de cómo la psicometría del Big Data puede convertirse en un instrumento de expropiación de datos personales y de dominación tecnocrática.
Un retrato actual de la resistencia a esa dominación tecnocrática en un país de la periferia es la última novela de B. Gopegui Quédate este día y esta noche conmigo. Ante el predominio de un modelo cultural tecnocrático, Gopegui apela, como en su novela anterior, Acceso no autorizado (2011), a la poética hacker, a una cultura fuera del marco de búsqueda que impone la industria de los metadatos.

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La condición actual

La actualidad del sentido común es la de los media, las RRSS, las novedades políticas, culturales, deportivas, meteorológicas. El trabajo de cada medio consiste en enmarcar, destacar y seleccionar las informaciones para dotarlas de un sentido, además de empaquetarlas de una manera atractiva para provocar el reflejo de compra de sus clientes o la asignación de recursos de las instituciones.
La cualidad de lo actual es lo reciente, recién hecho, recién acontecido que produce una prima de placer en el sujeto, hasta convertir a algunos en yonquis de lo reciente. El lapso de tiempo de lo reciente, su periodicidad, se ha sido acelerando hasta la transmisión en “tiempo real”. La digitalización de textos, imágenes y sonidos en equipos cada vez más pequeños y manejables, capaces de acceder instantáneamente a cualquier distancia en el planeta, también se aceleró desde que la informática redujo la información a números. Las periodizaciones sociológicas también se aceleraron y se sucedieron los post para calificar un nuevo cambio de época. ¿Hemos cambiado tantas veces de condición en estos últimos años como la serie del prefijo post nos indica?
Un significante emergente en el debate actual sobre los media es postverdad. El interés por la verdad ha dejado lugar a la credulidad por temor, dicen algunos. Habría que añadir que eso sería en el lado de los consumidores de información. Desde el lado de los productores los intereses serán vender más y crear opinión. Luego el interés crematístico y político parece también más poderoso que el interés por la verdad, cada vez más abajo en el ranking. Bajo el imperio de la rentabilidad y la avidez de novedades lo reciente, abundante y variado de la oferta de información desplaza el interés por la verdad, que para algunos a veces es mejor no saber y para otros es mejor producir.
El capital impone el presente, el poder del ahora, consumiendo pasado, hipotecando el futuro.

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Heisenberg. La ciencia y la ficción.

La ciencia ficción es, según Hobsbawm, un producto muy angloamericano característico del siglo XX, en especial de su segunda mitad. En este género, anticipado por J. Verne e iniciado por H. G. Wells a finales del siglo XIX, las fantasías épicas de la humanidad aparecen con una nueva forma, abriendo posibilidades antes nunca imaginadas. La propia ciencia ya había desestabilizado la diferencia entre realidad y ficción con fenómenos como el magnetismo y la electricidad. En la falla producida por el choque entre la ciencia y la realidad tal como era concebida hasta entonces, brotó la imaginación humana con fuerza. El propio desarrollo de la ciencia en el siglo XX volvería a incidir en esa falla hasta matematizarla con el principio de incertidumbre de Heisenberg. Al esfumarse la diferencia entre el sujeto y el objeto, cambia la propia idea que la ciencia tiene de sí misma y caen la exactitud, la evidencia y la certeza. Las implicaciones de este principio tocan todas las ramas de la filosofía y las ciencias sociales. La ontología, la lógica, y en un nivel más práctico la ética, la moral y la política. Un producto característico de la ficción en nuestra actualidad son las series, también muy angloamericanas, en eso no hemos cambiado por ahora. En la famosa Breaking Bad, el protagonista, un profesor de ciencias de Secundaria, recibe el alias de Heisenberg, lo que me parece un acierto a la hora de tratar la ambigüedad moral de la ciencia, aunque en la serie esté acentuada en el mal sentido. Sin embargo, el Heisenberg de la serie es un hombre de laboratorio, una especie de McGiver con ideas. El Heisenberg de verdad quiso estudiar matemáticas en un principio, pero al no serle posible comenzó a estudiar física. No era muy bueno en el laboratorio, no parece que le interesara mucho, ya que se dedicó a formular problemas y soluciones matemáticamente en una pizarra. Tendríamos entonces una visión ideológica, tecnificada, instrumental, de la ciencia en la serie, algo que no corresponde con la ciencia actual, pero que refleja una ambigüedad moral efecto tanto de la ciencia como de la ténica en nuestra realidad cotidiana. La brecha entre la realidad, la ciencia y la ficción sigue abierta como un espacio indefinido en el que la certidumbre ya no es posible. Hasta las últimas teorías basadas en la de las cuerdas que articulan la relatividad y la mecánica cuántica son consideradas pseudocientíficas por algunos científicos. En esas brechas de las que surgen desde géneros literarios hasta catástrofes como la nuclear o la climática las diferencias entre la ciencia y la ficción se han complejizado. Condicionados por la incertumbre tenemos que elegir. Entre el joven Heisenberg rodeado de jóvenes brillantes y apasionados como él por el saber y el individuo solitario y saturnal que a través de la comercialización de su producto consigue dinero y poder, hay una diferencia definitiva entre una ambigüedad moral y la otra.

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Las mujeres y el futuro

El artículo de Marina Garcés de la edición española de El gran retroceso se titula Condición póstuma. Nuestro tiempo es aquel en que todo se acaba. La modernidad, la historia, las ideologías, y las revoluciones. El futuro como tiempo de la promesa , del desarrollo y del crecimiento. Se terminan los recursos, el agua, el petróleo y el aire limpio, se extinguen los ecosistemas. De la liberación lúdica de las heterocronías postmodernas a la situación de emergencia social y rescate ciudadano dibuja el trayecto de los últimos años y plantea una rebelión a través de la filosofía y la palabra inacabadas contra la condena a ese “después de una muerte que no es nuestra muerte real”, ese escenario post mortem de un relato de extinción. Para M. Garcés hay que tomar posición en esta guerra del tiempo. No nos estamos extinguiendo, sino que nos están asesinando. Considera el pensamiento crítico como indicio de futuro. Será porque las mujeres, por tener un cuerpo como promesa de generación, me parecen mejores defensoras del futuro que he asociado este artículo al libro de otra mujer filósofa, Myriam Revault d’Allonnes, con quien comparte el ascendiente de Merleau-Ponty y su reivindicación del futuro. En su ensayo sobre la autoridad, escrito hace ya diez años, estudia la crisis de temporalidad de los Modernos y la actual, en la que el derrumbe de proyectos ligados al carácter determinante del futuro (fin de las ideologías, agotamiento de los mitos revolucionarios, desaparición de las esperanzas seculares…) hace surgir, se ha dicho, un tiempo sin promesas. Más allá de si la orientación temporal se distribuye por género este acorde de mujeres filósofas promete, trae esperanza.

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Actualidad del materialismo histórico IV. El capital en el siglo XXI.

Acusado de criptomarxista por la derecha, T. Piketty se ha defendido diciendo que no había leído a Marx. Sin embargo, en un sentido amplio, C. Rendueles le clasifica dentro del materialismo histórico. La tesis de Piketty es que la tasa de rendimiento del capital supera a la tasa de crecimiento de la producción y los salarios, lo que produce oligarquías y desigualdad. Marx estaría de acuerdo en esta tesis. También en que lo que está en juego son procesos alejados de las motivaciones inmediatas de los agentes económicos. Su idea de que la economía es una ciencia social entre otras praxiologías también le acercaría al materialismo histórico. Para D. Harvey, sin embargo, las referencias de Piketty son los economistas neoclásicos y puede que por ello cometa un error de bulto al definir el capital como cosa y no como proceso de circulación. Sin embargo, la idea de Piketty de que “el capital no es un concepto inmutable y que refleja el estado de desarrollo y las relaciones sociales que rigen una sociedad dada” parece acorde con las tesis del materialismo histórico. Piketty sería un curioso caso de materialista histórico no marxista. En cualquier caso necesitamos un concepto de capital que refleje las relaciones sociales que rigen esta sociedad uberizada.

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Que no cunda el pánico

Llegué a El gran retroceso por una reseña titulada “Los nuevos malos tiempos” firmada por J. Argüelles. El título se hace eco de La Gran Transformación de Polanyi. El volumen, editado por Seix Barral(2017), reúne una serie de artículos de autores de diferentes países sobre la situación política internacional. En uno de ellos Iván Kraster, un editorialista de The New York Times, trata de explicar el autoritarismo xenófobo apelando a “The Autoritarian Dynamic” de Karen Stenner, en la estela del estudio de la personalidad autoritaria de la primera mitad del siglo XX (Adorno, Fromm), hablando de mayorías amenazadas. Según otro psicólogo neoyorquino, Jonathan Haidt, la dinámica autoritaria se da entre las mayorías amenazadas por la globalización. Y la amenaza es normativa. Cuando el individuo cree que la integridad del orden moral está en peligro y el “nosotros” ideal se está desintegrando se activa el botón del pánico. Esta perspectiva (como la de Donald Klein, también neoyorkino pero psiquiatra, creador del término panic attack (1964), pone en el centro del foco al individuo, incluso observando los cambios en su sistema nervioso, dejando fuera de foco su pertenencia colectiva. El individuo está afectado, pero por contagio, como miembro de una masa, de un colectivo. El pánico es el miedo colectivo de una masa desintegrándose, sea la alarma real o falsa, como en el caso de la avalancha que se produjo entre los treinta mil hinchas de la Juventus que seguían el final de la Champions en Turín. Entre los animales gregarios, de manada o de rebaño es la estampida. El sálvese quien pueda decreta el desorden absoluto, la falta de capitán, de pastor, de protocolo de evacuación, ante el peligro de muerte. Seguir atribuyendo el pánico al individuo aislado es no combatirlo bien, además de cargar al individuo con la carga de su miedo. Es una gestión del sufrimiento psíquico además de ineficaz, insolidaria. Pan en griego es todos. El pánico es algo de todas las reses del rebaño, no de una. El pánico es un afecto de un cuerpo aislado pero se adquiere por contagio, en tanto miembro de una masa a la que el cuerpo está unido por el poderoso enlace afectivo de la identificación. El vacío de autoridad que garantiza el orden en una situación de peligro real o imaginario, desata el pánico. Así podemos leer la muerte de Pan, el pastor, que desata el pánico en el rebaño. Parecería lógico que la manada busque un guía para evitar la estampida, pero los seres humanos, aunque a veces seamos miembros de una masa, no somos animales de manada. En ese sentido no todos los hombres son iguales. Siempre habrá alguno que busque un camino personal. Aunque le miren mal.

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